POUR JEANETTE
(Una carta de amor donde todo es falso, menos el autor)
Entre los manuscritos que Luis de Beethoven dejó al morir, se encontró una bagatela que él había titulado: “Für Therese”, pero que el mundo entero conoce hoy como: “Für Elise”. Inspirado en este capricho histórico, aunque lejos del genio de don Ludwig, decidí titular esta carta de amor que hoy te dedico "Pour Jeanette", porque, pasado el tiempo, hasta tu nombre y el momento exacto en que llegaste a mi vida se han extraviado en la noche de mis recuerdos. Pero, aunque no te llamaras Jeanette (¿o sí?), resulta profundamente cierta la pasión que despertaste en mí y que vive aún, invicta, en lo que los antiguos llamaban "alma".
Esta mañana, mientras las primeras luces asomaban tímidamente sobre los edificios, bajo un cielo nublado que aún no se decidía a ser día, supe que tenía que escribirte: Por las innumerables noches en que soñé que amanecía desnudo, aferrado a la tibieza de tu carne morena –prieta como las altas montañas del Himalaya y las enormidades de los Andes, tras las cuales yace el secreto de tu origen–, satisfecho de haberte amado hasta muy tarde y feliz de haber dormido muy poco. Por los momentos en que abría los ojos con ansias de contemplar la gloria de tu imagen hasta que el silencio fuese roto por tu estruendosa sonrisa, tras aquellas divertidas y pícaras palabras que tus sensuales labios, Jeanette, pronunciaban al despertar; atizando el fuego que ardía en mi boca, deseando tenerte entre mis brazos y besarte hasta perder el sentido. Por todas las ocasiones en que, a millones de años luz de todo y de todos –como al momento de escribir esta falaz epístola–, debo reunir valor para enfrentar una nueva jornada sabiendo que nunca te volveré a ver... Y, lo más importante, porque tu belleza impoluta, incorrupta, imperecedera, vuelve y volverá siempre a mi mente.
Alguien me preguntó quién eras y no supe qué responder. ¿Acaso es importante? En la oscuridad de antiguas y poco concurridas bibliotecas hay muchos libros que explicarán mejor que yo que, en los menesteres del deseo carnal, el conocimiento de la identidad del ser que se quiere poseer –su personalidad, carácter, gustos, habilidades, defectos y otras tantas cosas–, es una molesta y fulminante rémora, como un rayo repentino en una noche apacible. Inevitablemente, ese mayor conocimiento del ser deseado lo trae de vuelta al plano terrenal, lo "humaniza" destruyendo fieramente ese misterio que era el excitante obstáculo a vencer. El deseo se convierte en algo tan prosaico que termina extinguiéndose o, peor aún, trocándose en lo que ahora llaman amor, para diferenciarlo de la pasión erótica. En eso, los romanos fueron más precisos. Distinguían entre "amor" (vale decir, la pasión) y "caritas" (o sea, el amor). Por eso, nuestro actual “Dios es amor” proviene del latín “Deus caritas est” y no de “Deus amor est”. [Ah, si nuestras creencias religiosas hubieran recogido algo del erotismo pagano, quizás hoy seríamos más humanos y ya habríamos colonizado Marte… y Venus, claro está].
Yo te amé, Jeanette, en el sentido latino del término y te deseé con la pasión más fervorosa que tu alma oscura pudiese haber concebido. No fui yo quién pregonaba el azabache de tu corazón: fuiste siempre tú quien lo hizo; especialmente al terminar el último sorbo de tu cerveza favorita. Y para mí, al contemplarte en el esplendor de tu orgullo inocente y descarnado, el universo se iba desdibujando, transitando desde las formas concretas de la realidad circundante hacia otras indecisas que, trastocadas, se tornaban en estrellas que cobijaban tu hermoso cuerpo, convirtiendo en lava pura hasta la última gota de mi sangre. Y ya no existía otra cosa que tus ojos rasgados entre los cuales surcaban tus pupilas como las balsas de junco en que navegaban los pescadores del Celeste Imperio, buscando en aquellas aguas el sustento y la motivación de su mísera existencia. Y sentía mucho temor de que tu mirada afilada, la noche de tu piel, la delicadeza de tus pasos, la finura de tus cultivadas maneras y, especialmente, ese humor sarcástico que llevabas a flor de labios, tan afín a mis juegos de palabras y a mi carácter sosegado y cínico, se convirtieran en la razón de mi vida. Que ya no pudiera soportar más la tentación, Jeanette, de llevarte al lecho que acababa de erigir, y hacerte mía hasta que no quedase en mí nada propio, por haberte entregado hasta el último rincón de mi ser.
Y qué decir de aquella tarde, Jeanette, en que el mero azar nos encontró –como otras veces– en aquella casa, que repetidamente soñé sea el escenario de la unión de nuestras pasiones desbordadas, en imperiosa búsqueda de los más deliciosos placeres cada uno en el otro. Charlamos como dos adolescentes en su primera cita, riéndonos de todo y anhelando mutuamente el momento en que, casi sin percibirlo, pero firmemente, alcanzásemos ese inicial contacto físico que se convirtiera en el primer peldaño de nuestro camino hacia la gloria. Pero aquello era imposible, en ese momento y en ese lugar, por un motivo que tú también conocías, Jeanette, pero que no me atrevo a revelar en estas insensatas líneas. Qué cerca estuvimos (no lo sé) ese día de llegar algo, ¿no?
Quisiera seguir recordándote, pero la neblina ya se disipó y los rayos de sol hieren mi ventana sin oposición. Y, con un beso volado y un traje de bailarina de Moulin Rouge, te vas alejando de mi mente, despidiéndote hasta la próxima vez en que el recuerdo te vuelva a evocar; envuelta en ese escarlata tan intenso, como la honda pasión que despertaste en mí. Un beso para ti, Jeanette, donde quiera que te encuentres.
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