Crónicas de Nonsapiendo (I)
Y, entonces, la Corporación advirtió que no había forma de comunicar a los habitantes de ambos lados de la Cordillera Azul. Su negocio era, precisamente, vender miles de transmisores de radio, de todos los colores, precios, tamaños y bledos con obscena complacencia. Habían contratado los servicios del mejor bardo y del mejor campeador del Reino de Miseralia para promocionar sus artilugios. Pero, en Saint-Germain, esos esfuerzos eran vanos: la gente se ocupaba más en saciar su hambre y sed que en alimentar la codicia de aquellos negociantes.
Enojado por los millones de grines que se perdían por culpa de esa obsesión alimenticia, el Dux decidió convocar al Gran Consejo de Periecos, para encontrar la mejor manera de componder dicha situación. Ya era hora de poner fin a tanta ignorancia. Frotándose las manos, pensó en un universo pardo, con millones de hombres, mujeres y niños hablando a una cajita negra, confesando sus anhelos, alegrías y congojas a todas horas, todos los días y por todos los siglos.
Un universo de solitarios, que prefirirían mil veces la voz distorsionada que llegaba a sus oídos a través de las ondas radiales que escuchar la música que producen las cuerdas vocales. Y, por supuesto, engrosando sus obesos bolsillos con más y más papelitos multicolores. Mientras esperaba la llegada de los marabús del Consejo bebía un vasito de black-soda. Afuera, el sol moría en medio de centenares de edificios.
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