MADRUGADA BAJO EL SEMÁFORO
En una de las tantas pausas que el automóvil que me llevaba camino a casa hacía frente a uno de los cada vez más frecuentes "semáforos inteligentes" de la ciudad, me detuve a pensar que, quizá, el elemental cronómetro que los distingue de los ¿cómo decirles? "semáforos tontos" había brindado al casi banal hecho de paralizarse ante el mandato de otro, cuya existencia sólo se intuye de la sucesión de una pobre gama de tres colores, unas dimensiones más vastas y verosímiles que el prometido y siempre defraudado ordenamiento del tránsito de Lima.
La autoritaria luz roja, dotada de una impactante tonalidad que evoca el color de la sangre vertida y, con ello, de un probable fin de la vida ante la desobediencia de su mensaje, acaso encerraba allende la mera palabra ¡Alto! una advertencia frente al carácter irremediablemente fugaz de nuestra existencia y a la necesidad de permitir a los otros el libre ejercicio de sus derechos. "Amigo, amiga, los demás también tienen que pasar, deténgase un momento, sé que tiene prisa, pero, cuántas cosas bellas puede albergar la mente humana en 30 segundos, o sólo en 15... La felicidad misma, quizá, no sea más que una serie discontinua de breves impulsos eléctricos que sólo le exigen permitir que existan para disfrutar de ellos y ¿qué mejor momento que el actual?".
La bondadosa luz verde, que nos traslada a las praderas, a los bosques de coníferas y a las selvas infinitas, que deposita en las almas una renovada esperanza con ese ¡Siga! que con gracia refleja en las pupilas que la contemplan, tal vez no sea más que el recordatorio de la obligación de seguir adelante, ya que la vida es muy corta para andar perdiendo el tiempo y, especialmente, porque quienes van detrás de nosotros tienen también derecho de cruzar. "Amigo, amiga, hay que darse prisa y avanzar, hay muchos que han esperado para hacerlo y no es el caso que usted rehúse proseguir... Además, más allá hay una oficina que lo aguarda, una novia que ya viene odiándolo ante tanta demora, una familia que lo espera con ansias... Ser feliz es bueno, sí, pero ya lo dice el viejo adagio que lo bueno si breve, dos veces bueno, entonces ¿para qué esperar tanto".
La ambigüedad del mensaje del ámbar se nos ofrece mucho menos prometedora, pues el mensaje de ¡Vaya deteniéndose!, acaso sólo pueda ser equiparable con aquel consejo, casi nunca solicitado, de que sería mejor que fuéramos con menor prisa, que en cualquier momento, alguna circunstancia pueda hacer que nos detengamos aunque sea por un instante y que debemos estar preparados para ello, para bien o para mal.
La premura que la "modernidad" grabó con letras de fuego en las mentes y los corazones de sus víctimas parece haber hecho a éstas más proclives a amar la coloreada tiranía del tiempo encerrada en esa lucecita verde tan encantadora y a odiar el ferviente deseo de calma que bien podría estar contenido en ese bermejo tan detestable.
No aguardo (no podría aguardar) la menor esperanza de que algunos, por lo menos alguien, concuerde con estos disparates que, mucho sospecho, ni siquiera tienen la disculpa de la originalidad, mas, sea dicho en mi defensa, que hasta los semáforos pueden ser medios de evasión muy eficaces en madrugadas tan cálidas y desesperanzadas como ésta.