OTRA NOCHE
Era un gran edificio iluminado por verdes intermitentes y fosforescentes. Pese a su invertebrada majestuosidad y a la velocidad del vehículo nocturno en el que viajaba, logré distinguir en alguna de las tantas ventanas la silueta de alguien que barría. Ya pasaban las nueve, quizá se trataba de un empleado del último turno de limpieza, el que precede a las tinieblas que se apoderaran de aquel monstruo de concreto y cemento que cobija, aprisiona y asfixia los sueños de cientos de trabajadores. Como aquel día, como todos los días, quizás hasta siempre.
Saberlo me trajo el vértigo de millones de historias alejadas, entrelazadas, secretas, ocultas tras ventanales, pórticos y zaguanes, tan inconmensurables como la tristeza que cada fina gota de lluvia limeña oculta en las canaletas apenas perceptibles de las veredas. Inevitablemente, tuve que ceder a mi humanidad, no tengo (no quisiera) tener un aleph que lo abarque todo en un solo instante y, en aras del equilibrio mental, concentré mi atención en aquella sombra nocturna y trabajadora... ¿A quién pertenecería?
Lo imaginé viril, bravío y tierno, trabajador incansable. El varón entero que tantos tangos describen, de aspecto torvo, capaz de enfrentar a otro sin la menor emoción, de pronunciar un "no va más" en la ruleta y recorrer seco las noches sin luna. Pero que quiere con inocencia a su madre y a su novia y las defiende resuelto, que no necesita aprender ya nada más en el amor. Que ama con cándida ternura sus hijos. Y quedé satisfecho.
Mas, pronto, lo soñé felón y, a la vez, medroso e intrigante. De mirada recelosa y voz baja, que todo lo obtiene a través de la habladuría y la traición. Maestro en la hipocresía, experto en el arte de inmovilizar cada músculo de su cara para no revelar sus verdaderos sentimientos, igualmente utilizable para lo mejor y lo peor, fingido en sus sentimientos. De sonrisa apenas esbozada y sutiles perfumes ocultando su maldad. Y quedé aterrado.
De repente, podría tratarse de un hombre como cualquier otro, que se mueve de acuerdo con los dictados del "buen vestir", del "pensamiento correcto", del "buen sentir", del "buen hablar" y otras tantas caretas bajo las cuales el mundo oculta el horripilante rostro de esa medianía que a todos aturde. Del que está en todas partes y no deja huella en ninguna. Y quedé deprimido.
Ninguna de estas posibilidades, que ni siquiera representan una ínfima parte de las veleidades y extrañezas del género humano, excluía un timbre de voz melodioso, una vitalidad inagotable, una habilidad para la expresión artística, un rostro agradable, una inteligencia preclara, una capacidad para decir lo correcto en el momento preciso. Quedé aturdido y confuso.
Aquel trabajador, si es que acaso lo era, se convertía en un espectro de incontables colores que ni siquiera podía vislumbrar entre las no escasas luces que la ciudad destila por la noche. Una de aquellas versiones, tal vez, era idéntica a la vida que me tocó vivir, otra, a la que no quise, otra, a la que siempre soñé, otra, a la que no pude, otra, a la que siempre oculté, otra, a la que deseé para los demás, otra, a la que estuvo a mi alrededor... Y, así, hasta el infinito.
Ya no sabía si la sombra que tanto llamó mi atención era la suya, la mía o la de quien esto lee. Pero, poco a poco, se hacía más confusa y se llevaba con ella la ansiedad de sentir en mí el secreto de aquella vida, de otras vidas.