ENSAYOS DESDE EL BALCÓN I

 LAS VESTIDURAS DE LA FEALDAD

Vestiduras es una de las fábulas más conocidas de Gribrán Jalil Gibrán. La trama es simple: Dos muchachas, Belleza y Fealdad deciden bañarse en el río y dejan sus ropas en la orilla. Fealdad ve a Belleza absorta en las aguas y se escabulle vestida con las ropas de su compañera. Belleza se da cuenta, tiene vergüenza de caminar desnuda, y se viste con las ropas de Fealdad. Y, desde entonces, ambas van por el mundo y muy pocos saben ver a Fealdad, tras la ropas de Belleza y viceversa.

Desde la primera vez que lo leí, allá en mi lejana infancia, me pareció rotundo. Sobre todo, cuando también pude ver, en una historieta de Mafalda, que Susanita recriminaba a Felipe, que se había vuelto a enamorar de su maestra, que existían las personas lindas por fuera y las personas lindas por dentro. A lo que el bufón Miguelito contestaba, señalándose a sí mismo que también existían los lindos reversibles.

¿Alguien puede dudar de la moraleja? La belleza, algo infinitamente criticado por lo arbitrario, efímero y banal, no tiene nada que ver con la bondad de una persona. Una persona puede ser muy bella, pero a la vez muy cruel. Por otra parte, una persona fea, puede ser muy bondadosa. Y, aunque muy pocos piensen realmente así, la mayoría afirmará que lo realmente importante es la “belleza moral” más allá de la “belleza física”, como lo prueban la historia de Gibrán, la tira de Quino, entre otros tantos textos. Pero ¿es acaso tan malo que muy pocas veces concurran en una misma persona la belleza física y la belleza moral o –en palabras de Miguelito– que existan tan escasos lindos y lindas reversibles?

La palabra “belleza” posee tantas acepciones que no podría pretender un enunciado que ofrezca, siquiera, una noción aceptable. La belleza es arbitraria, temporal e históricamente contingente. En algunos contextos, es utilizada como un instrumento de cosificación y dominación de ciertas personas, géneros, grupos y clases sociales sobre otros. Desde antiguo, es una búsqueda de la armonía, la pureza y la perfección en las formas que ha sido el sueño (a veces, la pesadilla) de muchos y el logro de unos pocos y excelsos artistas. Y, no existe, en definitiva, un criterio incuestionable para distinguir entre lo bello y lo feo.

Bástenos, entonces, señalar que la “belleza” y la “fealdad” a las que se refieren Gibrán y Quino parecen centrarse más en una identificación entre la perfección física y la calidad moral, que es la misma que sirve de inspiración a los iconos habituales de los ángeles y los demonios. Allí están, por un lado, unos seres alados, luminosos, de facciones delicadas y cabello sedoso, y, por otro lado, unos seres bestiales, de facciones exageradas e inarmónicas, sin ningún cabello, más parecidos a bestias que a humanos.

Ahora bien, esta iconografía no corresponde exactamente con la apariencia del maligno en la tradición judeocristiana. Es de todos conocidos que, cuando quiere, Lucifer puede aparecerse entre las gentes como el ángel bellísimo que fue cuando era Luzbel. Y, así, confunde a todo el mundo, pues ¿quién puede ser malvado siendo tan bello? Ese es, precisamente, el reproche que le hace Gibrán a la Fealdad: haber subvertido el orden natural de las cosas haciendo que la horrible maldad puede escamotearse tras un manto de belleza inmaculada.

Pero lo medios que utiliza el gran escritor libanés para demostrar la verdad de esta afirmación son menos, cuando menos, ingenuos y, en realidad, deficientes.

En realidad, la mayor parte de las personas que tienen algunos años de andar en esta roca llamada Tierra saben distinguir entre una persona bella y una persona fea vestida con hermosos ropajes. Se me podrá decir que, merced a la cosmética y la cirugía estética (con trasplante de rostro incluido) pueden convertir temporal o permanente una faz desagradable en un rostro bello, pero esas posibilidades no existían en la época de Gibrán. Además, el cuento no se refiere a la estética, su propio libro habla de vestidura.

Además, aunque pueda ser cierto que una persona bella vestida con ropajes desagradable no parezca demasiado atractiva, esta no es una situación que tenga muchas posibilidades de confundir a las personas, por lo menos, en el grado que Gibrán plantea en su cuento. Volviendo a la fábula, si bien resulta verosímil que la pobre Belleza haya tenido que salir del río vestida de Fealdad, ¿acaso esa no era una situación temporal? ¿No sería lógico que, al llegar a su hogar, Belleza se vistiera con sus propios ropajes?

Pero la cuestión que Gibrán deja en el aire es, ¿qué hacía hermosa a Belleza? ¿Su cuerpo? ¿Sus ropajes? Si es lo primero, por más hermosa que sea su ropa, Fealdad nunca podría ser confundida con Belleza. Si es lo segundo, ¿en qué se diferenciaría de Fealdad vestida con las ropas de Belleza? Después de todo, el propio autor aclara que el traje no cubría el rostro.

Más lograda en su sencillez es la dicotomía que plantea Susanita: “lindos por dentro y lindos por fuera”… una metáfora más lograda si uno olvida que, salvo algunos anatomistas entusiastas, el espectáculo de lo que uno lleva por dentro en pleno funcionamiento (corazón, intestinos, hígado, etc.) dista mucho de ser “hermoso”. Pero, aún así, representa de manera más fiel la vieja contraposición entre la belleza física y la belleza moral.

Esta idea popular proviene, sin duda, de la humana tendencia a sentir mayor empatía con lo bello que con lo feo, cualesquiera sean los cánones que sobre el particular tenga cada sociedad humana. Así, un rostro bello, una fisonomía agradable, nos harán sentir más propensos a creer, a atribuir certeza, candidez, veracidad y valor sobre aquello que dicen o que transmiten. Eso lo saben muy bien los publicistas que, pese a que este hecho ya no es un secreto para nadie, siguen apostando a esta estrategia.

Sería interesante ahondar sobre esta cuestión, pero es necesario volver a la pregunta que nos planteamos hace un rato. En la mayoría de los casos la experiencia de la belleza nos asombra, nos solaza, nos deleita, nos conmueve, nos inspira, pero pocas veces se traduce en un impacto más permanente en nosotros mismos. Al poco tiempo, pasa a ser parte de nuestra cotidianeidad y, como la normalidad no es uno de sus atributos, al poco deja de ser belleza. Como nos repite José José, “hasta la belleza cansa”

Pero la experiencia moral es, sin duda más permanente, en la medida que los valores morales sobre los que se asientan nuestras sociedades lo son. Siguiendo a Gibrán y Quino podríamos decir, lo verdaderamente importante es la belleza moral. Sí, pero, ¿acaso basta con no dejarnos fascinar con la belleza para poder estar seguros de no ser víctimas de una moralidad falaz? ¿Acaso no sabemos hoy que los psicópatas, por menos agradables físicamente que sean, pueden resultar personas realmente encantadoras? ¿Cuántas personas que considerábamos probas, han caído en el descrédito de la amoralidad y del delito? O, en palabras de Susanita, cuántas personas lindas por dentro (aparentemente) son en realidad horribles.

Piénsese si no, en los más grandes criminales de la historia, ¿eran todos bellos? ¿o todos feos? Creo que la fascinación es un fenómeno más complejo, sobre el cual todavía no se ha dicho la última palabra, pero lo que sí es cierto es que poco relación tiene que ver con los trajes de belleza y de fealdad que puedan usar. Quizás un poco más, en la metáfora de Quino, con lo “lindas por dentro” que resultan estas personas. Y esa es una cuestión mucha más complicada de discernir.

(San Germán, 15 de enero de 2023)

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