ENSAYOS DESDE EL BALCÓN V
¿CUÁNDO Y CÓMO PEDIR PERDÓN? ALGUNAS REFLEXIONES.
Sorry seems to be the hardest word, cantó para siempre Elton John. Tras algunas noches y de insomnio y cuatro décadas de excusas y de perdones a cuestas, también me lo pregunto: ¿tan difícil es pedir perdón?
Hermes Trismegisto, el proscrito, enseñaba que “el todo es mente, el universo es mental”. Dañar a alguien con nuestras palabras y acciones es, pues, irrumpir violentamente en un universo desconocido, cuyas leyes y equilibrios apenas podemos vislumbrar a través del débil reflejo de las palabras, los llantos, las sonrisas y los movimientos del otro.
Por tanto, aun dentro de un común entorno ético, moral y religioso, cada individuo tendrá su propia valoración de lo que significa ínfimo y enorme, grave o banal, efímero y eterno, trascendente y fútil. Incluso siendo de la misma especie, homo sapiens, nadie sentirá el dolor y el placer, físico o psíquico de igual modo.
Comprender esta verdad –casi de Perogrullo al cabo de doscientos mil años de cultura humana–, aporta luces para saber por qué “perdón” parece ser la palabra más difícil. Porque es un acto que requiere la superación de muchos pasos que la soberbia, el orgullo y la ignorancia, combinadas, convierten en intransitables para la mayoría de nosotros.
Para pedir perdón no basta conocerse a sí mismo, aquí se trata del otro. No es suficiente amarse a sí mismo, si por amor entendemos solo el reflejo de lo que somos o de lo que queremos ser. No alcanza la compasión, es decir, la mera impaciencia del corazón ante la contemplación del dolor del semejante. No obedece a un mero acto de voluntad, porque siempre será el otro quien decidirá libremente si nos perdona o no. No agota las consecuencias del daño que producimos a otro, porque en los ordenamientos religiosos, sociales y jurídicos que regulan nuestra convivencia existen consecuencias que ni se agotan ni se extinguen con el perdón de la víctima.
Por eso aquella disculpa de “perdón si lo que dije te ofendió” resulta, en verdad, tan poco empática e, incluso, ofensiva. Vale tanto como decir: “en verdad no sabía que eres tan sensible que te molestas por algo que dije”, “en verdad no sabía que eres tan poca cosa que te enoja escuchar una verdad de mis labios”, “en verdad no recordaba que eres tan débil o tan ignorante frente a mí”; y todos los etcéteras. Además, aquella disculpa es banal, porque pedir perdón por algo que no controlamos (lo que siente el otro) no significa absolutamente nada.
Días pasados revisaba un video que contenía unas declaraciones de una actriz peruana que alborotó el cotarro al proponer cambiarle de género al mundo; olvidándose, quizás, que el mundo en que vivimos, al menos en el idioma español, se llama la Tierra –así, con género femenino– desde hace muchos siglos.
Volviendo al video, aquella actriz hacía mea culpa “por haber confundido demasiado a la gente”, porque “una cosa es el lenguaje inclusivo, otra cosa es feminizar las palabras”. Traducción: Les pido perdón a ustedes, pobres ignorantes, porque no están a la altura de mi sapiencia y, por eso, mis palabras los confundieron. En fin.
En realidad, si uno o una está convencido de que su lucha y su prédica son verdaderas no tiene por qué pedir perdón. Ya lo he dicho, no podemos controlar lo que sucede en ese universo que es la mente de los demás. Que se rige por reglas y por equilibrios que desconocemos y que, no necesariamente, son justos o buenos. Para tener una noción de lo que acabo de afirmar, basta preguntarnos, entre otras cosas, lo siguiente: ¿Me interesa que alguien me perdone por hacer lo correcto? Si me muestro realmente arrepentido, ¿el ofendido estará obligado a perdonarme? ¿Debo pedir perdón a todo aquel que no piensa como yo?
El ordenamiento jurídico determina, con o sin el asentimiento de los involucrados, si una expresión es una verdad, una opinión, un insulto o la falsa atribución de un delito. Y, también, si el daño físico o moral a otra persona es legítima defensa, lesión u homicidio por negligencia o por intención manifiesta. Pero, cuando menos en nuestro sistema jurídico, la condena o la absolución del victimario no dependen del perdón de la víctima: Juan Pablo II perdonó al hombre que atentó contra su vida, Ali Ağca, pero eso no lo eximió del cumplimiento de su condena. Y, por otro lado, la condena de un victimario no obliga a la víctima a otorgarle perdón: este es un acto personal de esta última que ni el agresor ni el Estado pueden llegar a controlar si queremos que nuestra sociedad continúe siendo democrática.
Para concluir, veamos dos textos que, aunque ofendieron a muchos oídos de su época, no merecen perdón, sino profunda admiración: por la valentía que infunde un noble (y santo) ideal, en un caso, y, en el otro, por la nobleza que supone situarse por encima de los conflictos humanos para expresar un anhelo de paz y bienestar para un mundo que todos y todas podamos compartir.
Carta dictada por Santa Juana de Arco, la Doncella de Orleans, al niño Enrique VI, rey de Inglaterra:
“He venido aquí por la gracia de Dios, para arrojaros fuera de toda Francia… Si os resistís a creer estas noticias que Dios os manda a través de la Doncella, dondequiera que os halléis, golpearemos vuestras cabezas y armaremos la mayor batahola que se ha visto en Francia en estos mil años. Y os será bueno tener por cierto que el Rey de los Cielos descubrirá en la Doncella y en sus soldados más poder del que podéis llevar contra ella en todos vuestros asaltos. Y entonces veremos quién tiene mejor derecho, si el Dios de los Cielos o vosotros”.
Carta dirigida por Javier Heraud Cricet a Pedro Beltrán, director de La Prensa, fechada el 23 de mayo de 1963, sobre la reciente muerte de su hijo, nuestro poeta niño Javier Heraud Pérez-Tellería:
“…El sacrificio de mi hijo Javier ha sumido a mi familia en el más profundo desconsuelo, tanto por la forma como ha desaparecido como por la pérdida de una promesa para la cultura y el pensamiento de mi patria. // Nosotros sabíamos que nuestro hijo Javier estaba hondamente preocupado porque aspiraba a tener una vida útil y creadora. Lo prueban sus libros de poemas, pero nunca supimos que él pensara, al irse a Cuba, en otra cosa que estudiar cinematografía. Por eso las noticias de Puerto Maldonado nos fulminaron, y yo fui al lugar de los hechos porque me resistía a creerlos. Allí tuve la trágica certidumbre de la muerte de Javier. Pero mi pena, con ser insondable, se ha agrandado más aún al saber que mi hijo, que había ido allá urgido por un ideal, arrostrando los más graves peligros con el más absoluto desinterés, había sido víctima de una cacería inhumana… (…) Para nuestra familia, sin distingos, nuestro Javier es el símbolo de la pureza y del sacrificio”.