CLAIRE DE MES RÊVES
«Un soñador es aquel que solo puede encontrar su camino a la luz de la luna, y su castigo es que ve el amanecer antes que el resto del mundo». (Oscar Wilde)
Abrí los ojos. No era la primera vez que despertaba, los rayos del sol y el ruido de la ciudad llegaban claramente a mi habitación, como si fuera mediodía. Angustiado miré mi teléfono, eran las once y cuarenta y cinco, lo sabía, se me había hecho tarde para… no, era domingo, realmente no tenía planeado hacer nada hasta las seis de la tarde. Entonces me vería con Claire.
Al menos, en eso habíamos quedado el viernes, cuando hablamos por teléfono. Extrañamente, estaba jovial, receptiva y atenta. No es que, en otras ocasiones, hubiese sido huraña y distante al hablar, es que, sencillamente, no contestaba las llamadas y, algunas horas y algunos días después, me las devolvía con la excusa de no haber podido atender porque estaba demasiado ocupada o, sencillamente, no haberlas oído a tiempo. Ya saben la historia de siempre. En mi defensa, si es que alguna cabe, diré que mis llamadas eran esporádicas y que, tardíamente, sí eran respondidas. Lo sé, no hay defensa alguna, pero es que, desde que la conocí, Claire se instaló en mi mente y en mi espíritu como en una fortaleza de muros infranqueables a toda dignidad y juicio sano. Desde aquella noche decembrina que la conocí, hace ya casi once años.
Humberto Fernández me había invitado a su boda. Fuimos muy amigos en la infancia, con Pedro Martínez y Juan Aliende. Aunque, con excepción de este último, la vida nos condujo por senderos variopintos que irremediablemente nos alejaron un poco, nunca dejamos de ser amigos y de compartir mutuamente los momentos más importantes de nuestras vidas. Ya habíamos asistido a la boda de Pedrito y ahora le tocaba el turno a Humberto. La ceremonia sería en la capilla (el nombre es inexacto, el tempo de la parroquia mi barrio es mucho más pequeño y menos fastuoso) de nuestra vieja escuela.
Contra mi costumbre, llegué temprano, aún faltaban veinte minutos para la hora de inicio de la ceremonia. No quise sentarme demasiado adelante, ese era un espacio reservado para los parientes de los novios y de sus amigos más cercanos, entre los cuales no me encontraba por las circunstancias que mencioné más arriba. Así que busqué una banca que estuviera vacía y encontré una casi al medio de la nave: la ubicación perfecta. No tan pronto tomé mi ubicación, una muchacha algo más joven que yo me preguntó si estaba esperando a alguien, si podía tomar asiento a mi lado. Volví mi rostro para invitarla a sentarse y, con la fuerza de un rayo fulminante, advertí que tenía los cabellos lacios, ojos claros, labios delgados, sonrisa bella y piel de magnolia que –Dios me perdone– me invitaba a acariciarla con verdadera desesperación. Balbuceé un “sí” y lo que siguió después fue una feroz batalla entre mi sincero deseo de prestar atención a todos los detalles de la boda de mi amigo y las ganas que tenía de contemplar aquella belleza que se había instalado tan cerca de mí.
La boda empezó casi exacta (un ligero retraso de veinte minutos que no es infrecuente en estas costas) y fue impecable. Todo muy bien organizado, un sacerdote moderado y certero y nada de interminables e insufribles protestas mutuas de amor eterno que, lo sé muy bien por mi profesión, suelen ir del altar al juzgado unos años después. Los novios partieron y ya estacionados en el patio de la enorme escuela se encontraban los buses que conducirían a los invitados a una fiesta que tendría lugar fuera de Lima. Los saludos serían allí y no en los salones de la capilla. Una lástima, porque yo sabía de antemano que no iría: había quedado con un amigo en verme aquella noche, pues, la verdad, no tenía el menor deseo de asistir a ninguna jarana, de reencontrarme con nadie, de soportar los típicos “que ha sido de tu vida” y otras preguntas por el estilo que suelen hacerse en aquellas ocasiones. En aquella etapa de mi vida practicaba la misantropía con fervor, con excepción de muy pocos parientes y amigos; al extremo que una partida de cartas con un amigo lejano me parecía mucho mejor plan que ir de fiesta.
Pero aquel amigo había tenido la gentileza de cancelar el plan a poco de llegar a la boda, de modo que mi extraviado concepto de la dignidad me condujo a escabullirme de la capilla y de la escuela como si efectivamente tuviera algo más que hacer. Lo único que se me ocurrió fue ir al supermercado que estaba al lado del colegio y comprar una bebida: era diciembre y las noches ya empezaban a ser demasiado cálidas como para armonizar con el terno que llevaba puesto. Ya me había quitado la corbata, pero eso era insuficiente. Escogí lo más frío que encontré, fui a la caja y apenas me dispuse a pagar advertí que la joven que se había sentado a mi lado en la iglesia, a la que abandoné abruptamente en mi huida estaba justo detrás de mí, con una botella de agua fría. Sonreí, me sonrió y, con toda naturalidad, nos dirigimos al lado de la barra de servicio que había junto a la puerta de entrada del establecimiento.
Se llamaba Claire, tampoco iba a ir a la fiesta porque al día siguiente muy temprano tendría lugar un día de campo que había programado con antelación con su familia. Ella fue sincera, pero yo no lo fui completamente. Le dije que no tenía muchas ganas de ir de fiesta (verdad) porque tenía que atender un asunto familiar al día siguiente (mentira genérica) y que estaba allí porque me moría de calor y de sed (verdad). (1) Sonrío, dispuesta a creerme, y nos quedamos conversando un poco sobre nuestras vidas. De pronto, contraviniendo mi timidez crónica, le propuse ir a tomar una copa a lo que ella se negó reiterándome su compromiso dominical. Insistí, le dije que sería rápido y que, de alguna manera, debíamos celebrar nuestro doble encuentro casual. Una bobada, claro está, pero que encendió su ternura y accedió.
Ya no recuerdo cuántas copas bebimos, sé que no fueron muchas, sé que un momento la abracé, sé que de un beso en la mejilla, pasamos a muchos besos en los labios y en el cuello, sé que nos empezaron a mirar mal y le dije que debíamos ir a otro lugar, sé que terminamos en la habitación de huéspedes de la enorme casa de su hermano, que ella estaba cuidando porque se juntarían todos allí al día siguiente por la mañana, sé que acaricié hasta el último rincón de su alba piel –donde se concentraba la tibia luz que la luna llena de aquella noche proyectaba desde la ventana de ese aposento– sé que surgió una armonía entre nuestros cuerpos antónimos, sé que en la penumbra su figura desnuda, hermosa y tierna, quedó impregnada en mi mente como esa imágenes en contraste que continúas viendo al volver los ojos luego de un tiempo mirándolas fijamente, sé que mis dedos hicieron fiesta en sus cabellos lacios y suaves y que mis labios cerraron sus ojos que me miraban fijamente cuanto estábamos muy juntos, luego de la batalla amorosa, sé que al tenerla dormida entre mis brazos tomé conciencia de que, aunque quisiera, jamás la olvidaría: Claire, de mis sueños, siempre Claire, la muchacha que sonriendo y otra razón que la casualidad había llegado a mi vida dos veces en la misma noche para convertirse en mi amante.
Lo que no recuerdo exactamente es la hora en que retorné a casa, aunque a juzgar por las luces que, como esta mañana, empezaban a llegar a mi habitación debían ser un poco más de las cinco de la mañana. Pensé maliciosamente que le resultaría muy difícil a Claire mantenerse despierta en aquel día de campo y que todo el mundo se preguntaría por qué estaba somnolienta, pese a no haber acudido a la fiesta aquella que se celebró en las afueras de la ciudad, mientras nosotros hacíamos el amor con esa mezcla de arrebato erótico y de ternura infinita que en mí estarían unidas para siempre, cada vez que mi mente te evoca, mi amada Claire, la mujer que muchas veces compartió mi lecho, pero nunca mi vida. De la que enamoré perdidamente y que ahora vería de nuevo. ¿Serían las cosas distintas esta vez y se iniciaría, por fin, el camino que nos llevara al mismo altar en que nos conocimos? Me levanté de la cama. Tenía (quería tener) cosas que hacer además de soñar con la mujer de mi vida.
(1) La técnica es de Ronald Pakula. Interesados: Ver X Files, Capítulo E.B.E., Primera Temporada.