A LA SOMBRA DE UN ÁRBOL TORCIDO
A la sombra de un árbol torcido, una luciérnaga revoloteaba, volaba muy bajo, iluminando tenuemente los pies curvados, leñosos y secos que aquel tronco que, por lo viejo, parecía siempre a punto de derrumbarse.
¿Qué buscaba aquella luciérnaga? ¿Por qué volaba tan bajo? Veía una araña, a veces una cochinilla, otras un mounstruo grande, como una montaña, que trataba de devorarlo y le rendía una extraña pleitesía a aquel árbol tan pequeño y solitario. Algo de hermoso tenían –pensaba la luciérnaga– porque bajo aquella ferocidad y vileza, sin duda se ocultaba un tesoro que debía descubrir.
Poco a poco, se apagaba su luz, cada día menos brillante, iluminando tenuemente aquellas cosas, buscando un tesoro que allí no existía. Y, una noche, la luciérnaga no pudo más y cayó muerta, al pie de aquel árbol.
No tardó en llegar una procesión de hormigas. Una a una, fueron cortando aquel cuerpo ayer tan luminoso y ahora tan opaco y seco. Ni la araña, ni la cochinilla, ni aún el mounstruo, la extrañaron. En realidad, odiaban la luz de la luciérnaga porque disipaba las sombras en las que amaban vivir.
Solo una gota de rocío –cual una lágrima infinita– cayó de aquel árbol torcido y, así, parecía decir: "¡Ay, luciérnaga!... Gastaste toda tu luz en buscar un tesoro en oquedades, oscuras, tenebrosas, y te perdiste la luz del sol...".
(San Germán, 23 de abril de 2023)