ENSAYOS DESDE EL BALCÓN III
EL SEX(ISM)O Y LOS ALIMENTOS: DOS CARTELES.
“Los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren”, decían en la escuela cuando explicaban el ciclo vital a los que nacimos en las últimas décadas del siglo pasado. Aunque hoy esa doctrina parece en franco retroceso, parece que cierta compañía de reparto –que llamaremos “Q. Z.”– ha tomado la posta de este adoctrinamiento, presentándonos sin pudor dos fases del ciclo vital en enormes carteles publicitarios: la alimentación (necesaria para el crecimiento) y el sexo (en la mayoría de los casos, presupuesto de la reproducción).
Primer cartel. Una mujer joven de rasgos finos, vestida de trajín doméstico, con una hamburguesa en la mano y chupándose los dedos con los ojos cerrados y una expresión de indiscutible placer. El traje y la comida rápida no son incompatibles: no es extraño que alguien que limpia su casa, digamos un fin de semana, tenga poco tiempo o pocas ganas de cocinar o de salir y pida algo sencillo para comer, por ejemplo, una hamburguesa. Pero el acto de chuparse los dedos, para probar el jugo de la carne y las salsas que se suelen verter sobre los sándwiches suele ser mucho más breve y discreto, sobre todo cuando se comparte la comida con otras personas. Y, aun estando solo, no suele ser tan extático se presenta en aquel cartel.
A fin de cuentas, la hamburguesa de la imagen está inflada, seca y pomposa, tan perfecta que no le alcanza como para chorrear jugos que pudieran derramarse por los dedos… ¡Ni siquiera parece mordida! ¿Qué es entonces lo que parece producirle a la muchacha tanto placer? La cabeza levantada, la nariz en punta, los ojos cerrados, los labios carnosos, finos, entrecerrados y los dedos entrelazados muy adentro de la boca. Oh, sí, seguramente, ya lo adivinó, ¿verdad? Para chuparse los dedos…
Segundo cartel. Otra mujer joven, en el traje cómodo que se viste cuando estamos en casa, por ejemplo, un sábado por la noche cuando no provoca demasiado salir y se decide tener una velada tranquila de películas, televisión, música o lectura. Esta vez, frente a otra de las comidas chatarra que, lamentablemente, se suelen ingerir en esas circunstancias: el pollo frito. El pollo está en su presentación usual: un baldecito de plástico que contiene algunas piezas. Y, entre ellas, la muchacha eligió comerse la pierna.
¿Hay algo de raro en esto? Claro que no. Pero, el modo en que los dedos encierran ese muslo de pollo, la rectilínea y ligeramente inclinada forma en que su brazo y su mano llevan el alimento a la boca, la fotografía de perfil de la muchacha, sus ojos cerrados, sus labios carnosos, finos y apretados, y su inconfundible expresión de gozo próximo al nirvana… ¿Provienen del mero sabor de un pollo broaster? Que le pasen la receta a David Muñoz o a Elena Raygadas, sin duda triplicarían su fortuna.
Hasta hace una década –quizá un poco más– el sexismo en la propaganda era un poco más burdo. Los carteles y los comerciales de cerveza, cigarrillos, automóviles y perfumes presentaban invariablemente mujeres jóvenes (a menudo en diminutos trajes de baño), pululando alrededor de un galán que, por el solo hecho de adquirir esos productos, se convertía en un macho irresistible. Era clara la apelación a la pulsión sexual (del varón, claro está); reafirmándose la posición de la mujer como un complemento necesario de la imagen del hombre exitoso que todo lo tiene porque todo lo puede.
Actualmente, esos mensajes ya no son tan explícitos: las propagandas de cerveza trasladan a espacios de diversiones entre amigos y amigas en donde (poco a poco y con muchos retrocesos) las mujeres son actrices participantes y no complementos de la diversión del varón, los cigarrillos deben ir acompañados de imágenes de diversas clases de cánceres, algunos automóviles son vistos como parte de la diversión familiar y los perfumes… No, los perfumes siguen igual, son las feromonas complementarias que el macho exitoso continúa precisando para atraer al sexo opuesto.
La compañía de reparto adopta una estrategia más sutil: apelar al deseo sexual para potenciar el deseo de consumir unos alimentos que no son saludables y que, por eso mismo, vienen siendo objeto de críticas e, incluso, de medidas legislativas tendientes a desincentivar su consumo en todo el mundo. Y, aunque resulta obvio que esas imágenes evocan directamente ciertos tópicos del cine para adultos (varones), también es cierto que esas imágenes también buscarían alguna identificación de las mujeres con las sensaciones de aquellas modelos para estimular la compra de alimentos malsanos. Y, para una rápida satisfacción de esos deseos, ¿quién está? “Q. Z.”, faltaba más.
No nos engañemos. Se trata solo de un cambio de estrategia, no de intenciones ni de estereotipos sexistas. Para poner un ejemplo, “Q. Z.” también tiene otro cartel en donde el pollo frito es también protagonista de un banquete. Aunque, ya que se trata de un varón, el enfoque es totalmente distinto: el joven mira de frente, no de perfil, la pieza de pollo que escoge no parece ser esencial y, más importante, su expresión es la que cualquier persona que… está comiendo un pollo broaster. Ni más ni menos.
Reitero, la excitación de las pulsiones sexuales y la cosificación de la mujer en un rol sexual subordinado al varón para incentivar el consumo son algunos de los recursos desde antiguo más manidos por la propaganda. Lo preocupante es que el oscurantismo sexual que nos pretende imponer la ola reaccionaria que vivimos deje a nuestros jóvenes más indefensos frente a estos perniciosos mensajes que en el pasado más inmediato.
NOTA FINAL: Parece que el sexismo no es el única senda peligrosa en el que anda encaminada “Q. Z.”. Durante el verano vi por Internet varios avisos de la misma compañía en el que se ofrecía el reparto de productos a la playa y en los que aparecía un joven afrodescendiente con una sandía. Quizás en nuestro medio eso no signifique mucho, pero en los Estados Unidos esa imagen constituye uno de los temas racistas más descarados y deleznables.