EL LOCO QUE SOÑABA VIII


UN REY EN EL CREPÚSCULO

El viento, el polvo y la sequía,
erigieron mi eterna sonrisa,
una almohada de escorpiones,
cobija las angustias de mi nuca.

Desde mi pedestal de arena,
contemplo las risas de los niños,
y llega a las cuencas de mis ojos,
la victoria del campo sobre el tedio.

A veces, las arañas acarician mi faz,
otras, la garúa refresca mis labios,
pero ya nadie sacia mi hambre,
y nadie se compadece de mi sed.

Otrora, cuando reinaba en este valle,
los hombres temían mi semblante,
anhelaban de mis labios fastos presagios,
y aplacaban mi cólera con licor y miedo.

Cuántas noches, tras aquellos matorrales,
golpeó mis huesos la melodía estridente
de amores enfrascados en arduas luchas,
cubierta apenas por el canto del río.

Cuántas veces fui testigo juramentado,
de fieros combates y terribles venganzas,
de asesinatos infames, de palabras ruines,
de mentes perversas, clamando mis favores.

Hoy soy centinela de ajenas alegrías,
que nada saben de mi estirpe sagrada,
sólo revelada a quienes, en su delirio,
buscan el cielo y se topan con mi mirada.

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