RECUERDOS DE UNA NOCHE LARGA
Era el décimo en la fila, de eso estaba
seguro. Desde las cinco de aquel día había estado esperando parado en aquel
sitio. Pensaba que las cosas no habían sido en balde. Parecía que toda su vida
anterior se resumía en esas horas que había pasado frente a esa puerta cerrada.
A medida que el sol iniciaba su interminable marcha hasta su ocaso, mucho había
recordado los pasajes anteriores de una vida que extrañamente le reclamaba
ciertas cosas que jamás pudo permitirse.
Y no era para menos, con el pobre sueldo de
trescientos soles que el Estado se complace en dar a sus maestros por
remuneración; limosna, sólo una limosna como acostumbraba decir; no le fue
posible permitirse una vida de lujos. También tenía un matrimonio trunco por la
muerte de su consorte, una bella muchacha que conoció en su Facultad. A veces,
cuando veía dormir a Graciela, el fruto de sus amores, parecía ver a aquella
muñequita que consoló tantas veces sus penas. Y lloraba, lloraba en silencio la
pena de que las cosas fueran así. El único consuelo que tenía en el mundo era
esa hermosa criatura y un periódico. Aunque parezca gracioso, era un diario la
razón principal por la que tenía ganas de levantarse por las mañanas grises de
Lima. En ese tabloide se publicaba diariamente una serie de empleos que nuestro
amigo revisaba todos los días. Sus compañeros de trabajo, al borde de la tisis
la mayoría, le increpaban: este dice que es pobre y mira siempre tiene ese
periódico caro entre manos. El hombre sonreía con aire de misterio. El secreto
era muy simple, la vendedora de periódicos, una zamba robusta, babeaba por el
tipo. A cambio de una invitación a salir hubiera sido capaz de entregar hasta
sus zapatos de “Mary Poppins” que consistían su máximo lujo. No es difícil
imaginar los piropos que el tipo lanzaba a la mujer, cada cual más huachafo.
Pero el día que el hospital del Estado fue
incapaz de suministrar la dosis suficiente de anestesia y, con ello, provocó la
muerte de la pequeña, el hombre se sintió verdaderamente desconsolado. Ya ni
siquiera las antiguas ganas de encontrar el puesto de profesor de matemática en
un colegio particular, por más pichi que sea, volvieron a saltar su pecho. Tan
solo se sentía, que hasta accedió a realizar algunas visitas bíblicas a la ya
mencionada mujercita. Pero ni eso lo animaba ya. La profunda insatisfacción que
sentía en esos momentos y el miedo de traer al mundo un retoño de una mujer de
la que ni siquiera gustaba lo hicieron abandonar tales prácticas.
Hasta que un día advirtió que un programa
televisivo, de esos mal llamados talk shows, anunciaba el tema: Todo lo que
puedas hacer por dinero. Al principio lo tomó en broma, cuánto daría por haber
participado, se decía. Pero cuando vio a un tipo chuparle la axila empapada en
sudor a un ciclista, a otro besándole los pies malolientes a un camionero, y a
otro oliendo un trasero, y quién sabe cuántas bajezas más, se sintió realmente
burlado. Vio la realidad de millones de compatriotas en ese programa. Así nos
tratan como a animales... Y lo peor, todos están vendidos, ¿qué podemos hacer?
Nada, me dirán... Se equivocan. El hombre tomó una decisión al ver que, para
rectificarse, la conductora de tan infame espacio anunciaba un capítulo
especial: Anhelos no deseados. Hizo saber ruidosamente a la mulatita del
periódico que siempre había deseado un revólver profesional para participar en
la Liga Nacional de Tiro. Bien sabía él, que la muchacha iría corriendo a
decirle a su tío que le concedieran el deseo a su amado maestrillo.
Entró a la parte posterior del set. Después
de una señora cuya aspiración era conducir un talk show, aunque sea dos minutos
en su vida, llegó su turno. Fingió mucho más allá de la instrucción recibida
por la productora del programa... Bienvenido al programa J. G. He sabido que desde
pequeño admirastes a los tiradores
profesionales. Una risita del público revelaba que la gente no perdía su
comprensión del deporte limeño favorito: el doble sentido. Es cierto, nunca me
perdía un entrenamiento del Polígono. Dime una cosa, ¿en tu vida fuistes feliz
sin ver cumplido el sueño que tanto deseastes?... No la verdad no... Pues bien,
todo lo que sufristes ha terminado. Si bien, hubieron momentos tristes en tu
vida... Aquí tenemos tu carné de miembro oficial de la Liga Nacional de Tiro. Y
aquí está lo que siempre merecistes, un revólver. Para que vea la gente que nadies
es engañado en este programa, enseña tu regalo J. G... Bueno L., la verdad es
que te agradezco el haber recibido esto, ya que así cumpliré mi sueño más
anhelado. No lo dudamos; bueno J. G. va feliz a su casa hoy... ¡No creo, a mi
casa no!
Varios días después era acompañado por dos
hombres mientras que salía hacia un patio estrechísimo que le servía de
descanso de las noches frías y oscuras que tendría durante los próximos cuatro
lustros. El sol seguía su marcha incansable...